Lo que para nosotros se llamaba Birmania, ahora ha recuperado el nombre de Myanmar. Igualmente, la ciudad de Rangún hoy es Yangón.

Lo que si es cierto es que Yangón forma parte de los nombres míticos de ciudades que yo soñaba conocer. Parte de la culpa de esos sueños la tiene, sin duda, el que fuese el primer destino diplomático de un joven poeta chileno llamado Pablo Neruda.

La parte de la ciudad que da al río está formada por edificios coloniales que bordean anchas avenidas y calles amplias. En algunos tramos, los edificios y las aceras parece que han sufrido un bombardeo. El consulado británico mantiene dos garitas de madera carcomida hasta el tuétano, con restos de pintura blanca y roja y torres de sacos terreros que parecen hablarnos de la II Guerra Mundial, absolutamente desvencijados.

La zona portuaria es bulliciosa. Mucha gente entrando y saliendo de las embarcaciones que hacen del río Yangón una vía de comunicación fundamental. También niños jugando, perros callejeros, puestos de comida, niñas intentando venderte recuerdos y un club de tenis perdido en aquel ambiente.

La calle paralela al malecón se llama Strand. En el número 92 está situado el Hotel Strand, una magnífica joya colonial. Fue construido en 1896 por los hermanos Garkies, de origen armenio, que también edificaron los legendarios hoteles Raffles y Oriental, el primero en Singapur y en Bangkok el segundo.

Tiene diez solemnes columnas en su fachada y su interior, decorado con maderas oscuras y una luz siempre matizada, tiene una aire solemne aunque menos espectacular que el Raffles.

Éramos nueve personas en el grupo. Mi mujer y yo pedimos café y el cóctel recomendado. Era ron de Mandalay, como ingrediente principal, y lima. Su nombre, Strand Sour. Nos sacaron un cuenco de cacahuetes pelados, pero con la cascarilla roja, de dimensiones colosales.

El café espresso excepcional. Corto, taza perfecta, crema compacta y atigrada. Ácido con toques cítricos fantásticos. La carta indicaba que era un café vinculado a Kenia. Pregunté y el maitre, muy amable, me explicó que los británicos trajeron plantas de Kenia y las sembraron en Birmania con éxito. El hotel se surtía de estos cafetales. Fueron tres espressos y dos cócteles maravillosos. Invité al grupo con un gesto rumboso, saludé al personal de servicio y me fui a dar una vuelta por las tiendas del hotel mientras el sabor del café seguía regalándome aromas y recuerdos inolvidables.

Alberto Vidal

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