Roma es una ciudad de plazas. De plazas, monumentos y cafés.

Partiendo de la Plaza Venecia por la vía del Corso llega uno a la ‘Piazza dei Pópolo’, ejemplo de simetría arquitectónica en uno de sus lados. A derecha e izquierda están plazas tan conocidas como la de España, con sus escaleras siempre llenas de turistas, mil veces fotografiada, la Fontana de Trevi, Campo di Fiore- una plaza singular en Roma ya que es la única que no alberga edificio religioso alguno y en cuyo centro la estatua de bronce de Giordano Bruno, quemado por la inquisición, mira hacia el Vaticano- y Piazza Navona. Su nombre ‘navona’ tiene mil y una explicaciones pero la más extendida es que se parece a un gran navío, nave grande, “navona”.

En su centro está la famosisíma fuente de los cuatro ríos, es obra de Bernini. Las figuras que representan el nilo se tapan los ojos con las manos. Algunos dicen que Bernini indicaba así el desconocido origen del río, existía “ceguera científica” sobre sus fuentes, mientras los más aviesos afirman que las figuras lo que no quieren es ver la fachada construida por Borromini para una hermosa iglesia que da a la plaza.

Pero allí, en medio de tanta historia, también están las cafeterías, con sus preciosas terrazas, en las que se puede disfrutar de cafés y helados maravillosos.

En la película ‘Café de Colombia’ que tanto hemos pasado en los cursos de formación aparece el ‘Café de Colombia’ que sienta sus reales en la plaza. Y claro, me senté en su terraza y pedí un espresso.

Corto, concentrado, en tacita menuda. Riquísimo, maravilloso… pero en un par de sorbos se terminó. Segunda espresso. Fantástico.

La plaza era un hervidero de turistas venidos de todo el mundo. Roma a través de Piazza Navona, recibía a todo el mundo como una matrona llena de historia y hospitalidad. Y olía a café.

Era el aroma de mi tercera taza.

Alberto Vidal